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Adela Legorreta Rivas atropellada por un Datsun

Todo está al revés, Adela.
Quiero decir,la hora se hizo real
y nadie sabe por qué.
En la fotografía,
tus brazos colgando como si no estuvieran de acuerdo.

Alguien acaba de cerrar una cortina.
De repente, caminas contra la soledad.
No hace falta que encuentres una dirección clara y dominante.
Aquella sonoridad que todo el mundo aprecia.
(el silencio crea otras formas de vida)

Este es el viaje de una mujer
cuya voz no coincide con la cabeza.
Lo más profundo del disparo.
El murmullo de algo que no está en la memoria.
Del oxígeno al oxido más brillante.

Ya no estás mirando tu sangre, Adela.
Ahora miras dentro de la muerte,
como un lugar que se queda a tu lado.

Adela Legorreta Rivas atropellada por un Datsun Enrique Metinides, 1979.

Comentario sobre La indiferencia, de Oscar Orellana [por Matías Moscardi]

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Kurt Cobain solía decir que la apatía de su generación le daba asco. Algo de su aura autodestructiva, contradictoria, late en La indiferencia, de Oscar Orellana. Por un lado, un resto que impugna esa apatía generacional; por el otro, una irradiación que la enaltece, que la incorpora casi en los mismos términos en que se recibe la calma de un estado de trance, de meditación. Dos territorios separados por “…una delgada capa infranqueable/ que lo esteriliza todo”.
Escribir la indiferencia es, necesariamente, oscilar, someter la experiencia poética a un vaivén entre la aceptación y el rechazo del mundo, entre el deseo y la acedia, es decir, la pérdida de pulsión, lo neutro. Como nos advierte Roland Barthes, el Tedio puede contarse sólo como traición, de manera perversa: escribirlo es transgredirlo, porque la escritura es siempre activa.
Orellana reconstruye, en su libro, esa “visión preliminar de las cosas que aún no hemos destruido”, como si el poema fuera un blanco, pero en el sentido de la arquería Zen: un punto ciego donde el acierto sólo se alcanza por medio del extravío de la mirada.
La indiferencia, entonces, como esa pérdida en donde la escritura se ausenta para dar con el poema. Por eso, como un pacman de palabras que se devoran a sí mismas, Orellana nos dice que habría que destruirlo todo: “los días de lluvia,/ esa luz que baila, el ruido de los muertos,/ el de los recién nacidos,/ las noches de espera,/ las mañanas, los amantes, las confesiones, los sordos./ habría que destruir la velocidad que comienza a borrar tu cara”.
Tampoco hay lugar para la tragedia en la escritura de Orellana, porque el mundo queda anulado en sus propias paradojas: la destrucción es finalmente destruida; la indiferencia, olvidada. Queda la desesperación, la tristeza, tal y como aparecen en el epígrafe de Spinoza con el que abre El Salmón (Buenos Aires, 1996), de Fabián Casas: “La desesperación es la tristeza que nace de la idea de una cosa futura o pasada con respecto a la cual no hay más razón de dudar”. La tristeza, entonces, nunca como reminiscencia de una sensibilidad romántica, sino como condición del saber, un resto epistemológico que se acepta como una culpa irracional, porque como leemos en uno de los poemas: “ya estamos advertidos/que se vive dentro de la biología/como al interior de una gran despedida”.
El poema que da título al libro sintetiza toda la fuerza de la indiferencia, fuerza que parece diseminada, parafraseando a Wallace Stevens, en invisibles quehaceres cotidianos hechos visibles: un hombre que copia llaves, una mujer mayor a la que se le muere su gato, un hombre con los pies hinchados, una rata, gente que pasa y gente que espera.
En ese flujo de imágenes, dispuestas en un fraseo casi elegíaco, el poeta entra y sale de cada palabra “con la lengua hecha flecos”, como si en esas filigranas desenhebradas del poema quedara, todavía, algo: ya no la unidad, lo homogéneo, lo absoluto, sino lo resquebrajado, lo roto, eso que la distancia separa, hiende con su filo único: el sentido que la escritura poética de Oscar Orellana abraza como algo que está a punto de partir, para no volver.

—-

Matías Moscardi (Mar del Plata, 1983). Es profesor en Letras por la UNMdP, donde trabaja como docente, y becario del CONICET, con un proyecto de tesis doctoral sobre editoriales independientes de poesía argentina. Sus libros son: Los círculos del agua (Dársena3, 2006), Pluvia (VOX, 2007), Una, dos comadrejas (VOX, 2010), Los sapos (Sacate el Saquito, 2011) y Bruma (VOX, 2012). Además, publicó traducciones de William Carlos Williams (Paterson V, Luz Mala Ediciones, 2012) y T. S. Eliot (Libro de los gatos mañosos del Viejo Possum, en colaboración con Luciana Caamaño, Luz Mala Ediciones, 2012). Administra el blog de traducciones metradujounamosca y organiza anualmente el Festival de Poesía, de Acá, en Mar del Plata.

La ternura de los puentes

Yangtze-River

Yangtze-1

La vida domesticada por el viento.
La telaraña de bruma sonriente,
la belleza de un momento trágico,
tan absoluto.
Ya no queremos más voces susurrantes.

El río será fresco alrededor de nuestros cuerpos.
Este salto, un último discurso.

Somos apenas el ruido de alguien que mira.
Somos los invitados de una palabra.
Somos esta victoria inesperada que viene desde no sé dónde.

Nadie sabrá antes que nosotros.

Une vie toute neuve (2009)

“Nunca sabrás cuánto te amé.
Un día lamentarás,
cuando el tiempo pase,
cuando estés triste,
cuando estés solo.
Di mi nombre,
yo estaré allí
para llevarme tu tristeza… la lavaré.
Con las lágrimas calientes
que salen de mis ojos”

a brand

El Alma de Oskar

 

 

 

Cartas a Katharina Detzel:
(escritas a la inversa por Kokoschka)

No olvide prestar especial atención a las dimensiones de la cabeza y el cuello. También los contornos del cuerpo, la línea posterior de los hombros, y el abdomen.

He dibujado todo en segundos. Notará que en el bosquejo de la muñeca dejé una de sus piernas dobladas, a fin de que usted pudiera ver como imagino debe ser el interior. Por lo demás, la figura entera se concibe enteramente de perfil, así la línea principal, que va desde la cabeza al empeine del pie, le permitirá determinar la forma exacta del cuerpo.

Antes de llevar a cabo cualquier acción, tenga presente mi sentido del tacto, especialmente, en aquellos lugares donde las capas de grasa se dispersan sobre el músculo, creando ese efecto delicioso en la piel.

Para el caso de la primera funda (desde adentro hacia afuera, quiero decir) utilice crin rizado; le recomiendo compre un sofá viejo o algo similar (el crin ha de ser desinfectado). Luego, sobre este, deposite una capa de bolsas rellenas con algodón para los glúteos, piernas y pectorales. Primero en bolsas grandes, y luego, en capas más y más pequeñas, imitando la superficie propia de la anatomía humana.

En cuanto el esqueleto esté listo desearía lo traslade hasta mi casa junto al bosquejo que le envío, en caso de existir algo que no sea de mi agrado y poder remediarlo antes de la fabricación última

¡Se lo suplico! La piel debe ser hecha del material más fino que disponga. Tal vez seda, o algo un poco más consistente, como lona, pero muy, muy fina y aplicada en áreas siempre pequeñas.

¿Podrá abrir la boca? ¿Articular algún movimiento? ¿Integrar dientes y lengua? Tengo millones de preguntas que me mantienen en un estado constante de euforia. Durante las tardes me dedico – o al menos intento – a aprender de un químico si es posible tratar la seda de modo que se pegue a las bolsas del algodón sin alterar la estructura o el aspecto de la muñeca.

¡Si supiera las ansias que tengo de poder abrazarla!

Día a día espero por noticias sobre el avance. Me consuela el hecho de que pronto estará a mi lado  ¿Ha tenido éxito hasta ahora en nuestro engaño? ¡Nadie debe saber sobre la factura de la muñeca, a excepción de su hermana Ana! Recuerde que moriría de celos si permitiese a alguien tocarla estando así desnuda, tampoco soportaría un par de ojos recorriéndole a lo largo.

¿Es cierto que ha logrado que la piel brille intensamente con la suavidad de una fruta salvaje, como las que no ceso de dibujar en mis pensamientos? Estoy seguro que cualquier rastro de cómo ha sido elaborada quedará oculto bajo la inspiración afortunada de su ingenio.

El asunto del color, sobre el que me pregunta, podría solucionarse aplicando capas de polvo junto a un poco de cera. De modo tan discreto como sólo usted puede hacerlo.

Cuando sostenga a Alma entre mis brazos, e agradeceré hasta el fin de mis días.

 

 


Locked In Syndrome

En una caja de piel al fondo está  tal vez mi cuerpo, y todo lo que quiero es que no  funcione.

He aquí la investigación invisible que  sigue a mi enclaustramiento

El músculo nos encierra, no voy a decir nada.

Tengo los ojos abiertos en la punción de las violentas vigilias

Todas las máquinas de hablar en formol ceremonioso.

Te abrazo y me acuerdo de ti como si no estuvieras.

Lugar sellado o todo lo contrario

En el trayecto del dolor.

Ni ronquido, ni vapor, ni órgano que aumenta de tamaño

O artefacto brutal y vibratorio que aparece, sin embargo.

Ni avance espinoso, ni ardiente mal sobre todo.

Tampoco hilo de saliva que fluye en torpe enrollamiento

En una caja de piel al fondo

Sólo tu imperfección de excelente factura.

Las presiones no son parciales

En el gas frío me gustaría cerrar los ojos.

En la arquitectura del aire me gustaría traicionar la respiración de este eco.

suicide with gas and plastic bag

La foto salió movida

Componer una fotografía no es lo mismo que comenzar a escribir una historia: Es escribir toda la historia de una vez.

Estas personas que aparecen en las imágenes me son conocidas porque alguien ya me ha contado su historia. Y la historia no es otra cosa que negar, que negarnos. El negativo, es la placa que fuerza el pasado, hasta adquirir el aspecto que cada uno desea. Entonces, todos nos convertimos en historiadores.

¿Y el positivo será luego la memoria? ¿Qué es finalmente la memoria? ¿Devaneos de imbéciles que no se han hecho cargo de olvidar?

Como mal historiador yo escribiría:

– En esa cara hay algo trágico.
– Me parece grotesco e intolerable.
– Estoy convencido de su carácter maléfico.
– la técnica es brillante más no original.
– Parece justo ahí, dividirse hasta el límite.
– La luz cae sobre ella como una sinfonía.
– Un aire de banalidad: lo superficial también pesa.
– ¡Miren ese acercamiento! contemplativo y patético.
– No digo que su vida no sea triste, por el contrario, preferiría otra aún más siniestra.

(Los museos como las fotografías, son una idea absurda y elevada del hombre)

 

 

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