
Su borde monótono, que llega, que invade la parte. Otra vez el viento. Es Dios cuando respira. Todos los días son uno y parecen demasiado numerosos a estos ojos. Completamente sólo y al refugio de las miradas. En un animal que no tiene cola ni cabeza, dibujo sólo mi cabeza.
Habría deseado no escribir más que sobre el esplendor del mundo. Sin embargo, en el centro de la luz, permanece un cuerpo enfermo, que gime. No ser el ruido de mis palabras, estas curvas que hacen las frases, sus rupturas como pulsaciones de una escritura mal regulada.
Reconocerme en algo que existió siempre: un gesto, una manera de caminar, pertenecer un poco al día que acaba. Pero mientras pienso, siento que otro está allí, oigo el ritmo de su respiración, no me abandona. Todo va bien. Fue una buena tarde, el cielo pareció arrojarse más cerca de la tierra, pero continúa, no me abandona.
Se mueve junto a mí, me transporta. De modo que las cosas me cubren. Intento responder al teléfono, hacer ejercicio, comer más, comer menos. A veces, hay un resplandor seguido de una larga fatiga. En algún sitio entre la garganta y el vientre una clase de vacío que no es sombra, ni luz, ni palabras.
Me cierra la boca cuando grito. Si duermo, cruza mi sueño, nunca descansa. Todos los que me aman y me esperan, no tienen rostro. Viajar, cruzar la calle. Ir más lejos, no es ningún lugar.
El gato cierra los ojos. Es hora de olvidar la hora.
































