Es cierto. Soy Carnelia, y he venido en nombre de muchas pero aún no termino por entenderlo. Lo único claro es que esta mañana cuando desperté ya era distinta.
Algo se había transformado dentro mí. Algo extraño y maravilloso que me obligó a realizar este viaje. Es curioso como algunas veces la naturaleza puede cambiarlo todo. ¿Pero pueden decirme a que he venido?.
Despierto. Estar erguida me resulta incómodo. Avanzo mareada hasta descubrir a un hombre de pie junto a la cocina. Al acercarse reconozco su rostro pero continúo sin saber de quien se trata. De inmediato una voz de mujer comienza a decir:
“Sabes Jesús, tengo un sueño que se repite, como esas pesadillas que uno tiene cuando niño, que siempre te persiguen”. Al terminar esta frase me doy cuenta que soy yo quien habla. Sin poder evitarlo, prosigo:
“Estoy en un recinto frío y sucio. Agachada, como buscando algo. De pronto unos sujetos empiezan a rodearme, gritan y se ríen. Me empujan hacia una larga fila donde hay cientos de mujeres que se parecen mucho a mí. Nos pegan con palos hasta aturdirnos y luego nos cuelgan de unas cadenas que parecen infinitas. Después aparecen cuatro hombres vestidos completamente de blanco, el primero toma a una de ellas y comienza a cortarle las piernas, el segundo le cercena el abdomen y le abre con un cuchillo el recto. Los otros dos terminan por despellejarla casi por entero. Es una escena horrible. Podría asegurar que ella continuaba viva porque desde lejos notaba como movía aún su cabeza y emitía pequeños ruidos. Luego, la cadena de la cual estamos suspendidas avanza cada vez más rápido. Cuando está a punto de detenerse en mi sitio. ¡Despierto!”
El hombre tras oírme y sin levantar la mirada ha dicho no saber que pueda significar un sueño como ese. Que él jamás recuerda nada, que solo se acuesta y despierta. Entonces desliza un plato para ofrecerme un poco de carne. Permanezco con la mirada fija sobre este. Una sensación de repugnancia tan intensa obliga a que me lleve las manos a la boca.
-¿ Qué extraño?. Dice tras un silencio ¿Qué cosa? Respondo, conteniéndome.
- Qué alguien que apenas pueda ver la carne trabaje en una carnicería.
Entonces llena de ira le he gritado:
¡Yo no dije que no podía verla, simplemente no la como!
Anoche Jesús vino por primera vez a mi cuarto. Abrió despacio la puerta. Yo lo esperaba. Quería explicarle… Cuando él se sentó justo en el borde de la cama tuve ganas de pedirle que se fuera, que me dejara sola pero no dije nada. El se desnudó lentamente, pensé que iba a besarme pero no lo hizo. De inmediato sus manos avanzaron hasta mis pechos.
Sus dedos se movían rápidamente, era como si desearan abarcarlo todo de una sola vez. Yo trataba de librarme, pero él no se daba por vencido. Cuando sus dedos alcanzaron por fin mi vagina tuve miedo. Lo imaginé huyendo, ahogado por el asco y la nausea. Pero en cambio él continuó con sus dedos indagando profundamente dentro de mí. Yo podía sentir ahora su lengua, luego su mano, incluso gran parte de su brazo. Jesús ardía. Y yo ardía a su lado. Y aunque sé que era incapaz de comprender quien yo era, entendí que él comenzaba a amarme. Y yo, mitad fenómeno, mitad tristeza, también empezaba a amarlo
¿ Qué me está sucediendo?
¿ Por qué intento prolongar lo inevitable?.
Hoy Jesús me invitó a salir.
A que fingiéramos que nuestro fin aún no estaba escrito, y yo le creí.
Comenzamos a caminar, esquivando las piedras y las palabras.
En el trayecto encontramos a una niña que examinaba con detención la figura de Cristo crucificado entre sus manos. Cuando he volteado para hablarle me ha mirado por un rato. Después toda su atención y empeño se volcó en lograr con una piedra volver a clavar la imagen que se había desprendido de la pequña cruz de madera.
Seguimos avanzando. Era casi mediodía y el sol pegaba fuerte sobre nuestras espaldas. Yo insistí en ir con aquel vestido negro y largo que me hacía ver ridícula, sin embargo a mí me gustaba. En la mitad de un paisaje desolado nos detuvimos, era como si el viento amenazara con llevárselo todo. De pronto Jesús apoyado en su bastón, empezó a hablar:
No es tan simple trabajar en un matadero como la gente piensa. El manejo de los cuchillos requiere años de experiencia para poder dominarlos. A veces me paso horas y horas viendo la faena pero los matarifes son como bestias: matan, degollan, mutilan, sin sentir nada. Son capaces de matar a cientos y cientos de animales al día, luego llegan a sus casas, comen y les hacen el amor a sus esposas como si nada. Eso no tiene nada de arte, es salvajismo puro.
Jesús se agacha y saca algo de su bolso.
- Quería darte algo que hice para ti.
Le repito una y otra vez que no entiendo.
Pero parece no escucharme.
Luego se acerca, despeja mi cabello del oído.
Primero un soplo y luego casi inaudible susurra:
- Tú sabes que entiendes muy bien.
- Eres la mujer más rara que he conocido .
Continúa parado frente a mí.
Con una mano me inclina la cabeza,
y con la otra fija en mi frente un raro aparato metálico.
Una especie de corona afilada que asemeja las astas de un animal.
Luego con una soga comienza a atarme las manos.

Caminamos en silencio hacia una llanura muy despejada.
Uno frente al otro. Jesús altivo adopta la postura de un Torero.
¿Alguien puede negar que el amor y la muerte son en el fondo el mismo espectáculo?.
¿ Y si Dios nos hizo a su imagen?.
¿ Por qué nos llena de odio y de belleza?.
Pero yo no puedo ser cómplice de su paradoja.
Obsérvenos bien.
Fijen su mirada en estos amantes, enfrentándose sin público y sin aplausos.
¿Es alguno de ustedes capaz de afirmar si este es el juego del amor o de la muerte?

Jesús y su bestia. Con su chaqueta incitándola a que lo ataque. Tras varios giros y trompiques, él consigue con su bastón convertido en estoque la primera herida que acierta perfecta sobre mi espalda.
La satisfacción lo consume.
Retrocedo, los pies se transforman en feroces patas a punto de arremeter.
Mis labios se mueven rápidamente simulando el gesto instintivo de una furia desbordada.
Es ahí que logro por primera vez rozar a Jesús con los cuernos metálicos y agudos.
Volteo y me dirijo otra vez contra él hasta que su cuerpo se desploma frágil sobre una tierra roja y seca.

Es cierto soy Carnelia, y he venido nombre de muchas. Antes no lo sabía, sin embargo ahora lo veo claramente. Pero ¿ Y mañana, cuando todo vuela a ocurrir de nuevo? .
Atrás queda Jesús, tan triste y tan desnudo. Él me reconoció desde el primer momento igual como se reconocen el amor y la muerte cuando se topan por casualidad y sin ninguna esperanza.
Es cierto. Soy Carnelia, pero fue el amor quien me obligó a hacerlo.











