A un árbol, desnuda, subí cierta vez:
la lisa corteza mis muslos asían,
en húmedo musgo fincaba los pies.
Tan alto que, apenas, las hojas mojadas
del sol me cubrían
con sombra discreta,
me puse a horcajadas
en cómoda horqueta
y balanceaba feliz, al desgaire,
los pies en el aire.
De lluvia temprana, besando mi piel
las gotas rodaban del fresco dosel;
de zumo de flores bermejas tenía
las plantas, y el musgo mis brazos cubría.
Y al soplo impetuoso
del viento -al empuje de fuerzas internas-
el árbol hermoso
tremaba de vida…
Lo sentí de pronto, toda estremecida,
y apreté las piernas
y posé, entreabiertos, los labios en llama
sobre la vellosa nuca de la rama.












January 18th, 2006 at 1:10 am
Eres tan rápido en tus posts que no da tiempo ni a comentarlos, me encanta el árbol, y Pierre Louys es siempre bienvenido a los ojos (y otras partes del cuerpo)…
January 18th, 2006 at 10:04 am
Me gusta mucho este nuevo aspecto estetico, creo que ya lo he dicho.
January 19th, 2006 at 11:27 pm
Hermoso …
January 20th, 2006 at 3:42 pm
Fantástica!
January 21st, 2006 at 5:23 pm
A las tres hijas de nuestra madre nos gusta ese árbol. ¿Acaso todas las vírgenes-mancha que aparecen “milagrosamente” en lugares como adoquines o paredes son -en realidad- grietas hambrientas?