
Está allí, al fondo del local. La reconozco de inmediato. ¿Quién bebe vodka a esta hora sino ella?. Descubro primero su imagen. Me espera sentada frente a un enorme espejo. Cuando me ve se levanta rápidamente. De este modo nos hemos conocido. A través de un reflejo, que nos sorprende uno justo detrás del otro.
Somos muy parecidos. La misma estatura, los mismos ojos muy oscuros. Necesito algunos segundos para señalar las diferencias. Su cara es lisa y los contornos suaves contrastan con mis ángulos duros, casi secos. Además, lleva maquillaje y tiene las cejas depiladas.
“Ese Soy yo” intento pensar mientras recorro con los dedos mis cejas que aún conservan su línea primitiva y las mejillas algo irritadas por el afeite. Entre muchas la escogí a ella porque me ha parecido ser la más feliz y no hay otra cosa que yo desee más.
Sonreímos al mismo tiempo para decir: “Soy yo”. Luego nos sentamos. Me corresponde iniciar la conversación pero se adelanta:
— ¿Qué vas a tomar?
— Un vodka.
Y así, comenzamos a hablar. A hablar de cuando éramos niños.
— ¿Te acuerdas? Eran unos frascos muy pequeños con tapa de goma que robábamos cruzando el patio. No he vuelto a ver ninguno como aquellos ¿Y tú?.
Hablamos como si fuéramos dos hermanos, como si siempre hubiéramos compartido la misma vida. Nada más falso; he querido decir, y suelto una frase inesperada:
—Tú no eres mi hermana.
Se ha puesto blanca como me sucede siempre.
—No eres mi hermana, ¿entiendes?.
Lo he dicho una y otra vez hasta darme cuenta que ella también repetía en voz baja:
— Por supuesto que no soy tu hermana. Soy hija única.
Nos quedamos en silencio un rato. Tiene un poco de miedo. Imagino se pregunta por qué he decidido conocerla, o tal vez quisiera saber algo más acerca de mí.
Vivo hace años en una casa muy espaciosa- comienzo a decir.
Una casa que me toma la mitad del día asear. Allí acuden a beber generalmente chicos que no trabajan porque se aburren. ¿Qué cómo vivo? Haciendo algunas traducciones de textos en francés aunque la mayor parte del tiempo la paso tirado sobre el piso .
— ¡Una vida muy interesante! Ha dicho ella sin mirarme.
Sigo hablando de lo poco que salgo. Hablo sobre lo que veo cuando me paro frente a la ventana del segundo piso. Ella escucha y su mirada hace que me detenga al terminar cada frase.
— Me queda claro. No te envidio.
Hemos reído como hacíamos antes. Luego agrega. Si tú quieres podemos juntarnos aquí en este bar, nada extraordinario. Yo invito. Ha pedido otro vodka. Yo me decido por lo mismo.
No me importaba hablar de Luis. Si le amo ¿o él a mí? Pero lo he hecho, a pesar de todo, lo he hecho. Sin embargo, parece no importarle. Con la nariz hundida en el vaso pregunta:
— ¿Y cuál es su apellido?
No hay duda que ella lo sabe. Finalmente confiesa que estaba ya comprometida con otro cuando conoció a Luis. Habla de él como de su gran amor. De una pasión que bordea el miedo.
— Él quiso estar conmigo en seguida. Me pregunto ¿ Cómo se puede llegar tan lejos y haberlo olvidado todo?
Se mueve hacia un lado para esquivar mi silueta y mirarse mejor en el espejo. La observo.
Por eso la había elegido a ella, simplemente para saber cómo era. Como era la que había logrado ser feliz, la que tenía mi nombre. Pero ahora ella me dice que no sabe cómo ocurrió, me dice que ni siquiera lo recuerda.
Voy a dejar de asear la espaciosa casa. Voy a buscar trabajo de oficina. Escribiré todo el día, hasta que me despidan, ya que escribo muy mal. Y todos las tardes, esperaré a que Luis venga a buscarme, aunque desde luego, no vendrá nunca.