Cuatro Hombres muy bien vestidos: el sin/sentido

Posted on 23 April 2006 by admin

No tengo nada que decir. Se empañan mis resplandores, se desfascinan mis fascinaciones. La mente es una enfermera, su amor enferma. En su uniforme blanco la prosa/prozac viene en ¿ Miligramos/ Mikelianos o Sótanos que relatan/ ataduras?. Disculpe usted Doctor Nychsten Bratz si esta noche me desvent/ano, pero comprenda de una vez: ser abejita disfrazada de oreja en psico/analisis oral, es una gaysha dificil de interpretar. Disculpe también el malogismo y las ray/itas (¿le conté que son squizitas? como sus bolsas deMora paranó y creer ).

Las palabras son vidrios de extrañas cualidades. Me hieren y no hay dolor, sufro en suave. En su reflejo no soy nunca más, un hombre, una mujer, un sexo. Las calles son ahora distintas. Si me pregunta, diría que ya estoy muerto, no tengo necesidad de nuevas comidas o baños. Para mí no hay más placer, ni deseo, voluntad, tampoco sentimientos. Estoy muerto. Mientras escribo, las manos, la piel entera comienzan a desaparecer. Al final, sólo queda un orificio, por el cual caigo, me desprendo. Aunque algunos aseguran que le amo, no hay nada de mí que pueda amarle. No tengo más monstruos o información de interés. Cuando escribió que yo era un muerto incapaz de morir. ¿Me ha hecho eterno? ¿ Me ha encerrado sin un siempre, así tan solo? .

Si se fija bien notará que éste aleteo de abeja que bosteza no es mi mente. Mi mente que miente aún sin estar presente. ¿ Cree usted en el espiritu, acaso el alma? ¿ Conoce algún instrumento capaz de medir sus angulos, establecer sus leyes?. Le amo.

Cuelgo del techo. Sobre mi cama 5 hombres desnudos. Decididos y distintos, como duelo impar, duelo triangular.

Cuelgo del techo. Insecto hermoso, atroz, veloz, incestuoso. Uno de ellos intenta alcanzarme y casi lo logra. Cuando salta por segunda vez los otros comienzan a golpear hasta matarlo. Después resbala la piel en rojo, fuera de esa superficie blanca que cual paraíso, parecía no tener bordes.

Cuelgo del techo. Disfruto. Pasa algún rato, y de pronto un inmenso brinco. Entre sus dedos, un trozo de mi pierna. Abajo todo es alegría pero en el centro de esa alegría, alguien no sonríe, alguien ya no respira.

Cuelgo del techo. Me aburro. De vez en cuando uno de ellos mira. De vez en cuando abajo es goce. Sin embargo casi siempre es calma.

Caigo del techo en mitad de la cama, sobre tres hombres muy bien vestidos. Uno de ellos murmura algo y luego me arrojan un traje.

Nadie cuelga del techo. La civilización ha nacido.

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