Quema el sueño, su fórmula hace grietas en las paredes del departamento. Muchas palabras sobre la voz enana. Ganas de continuar, como una sociedad rota que vuelve, una corteza de mí por la cual respiro. Ninguna tienda abierta. Dentro de un film porno avanzo sin argumento. El mostrador seduce porque se desgarra. Mi drama, lo sé, es mecánico. Bajo mis pies o tal vez sean mis pies se concentra un mineral vacío. Un deseo de no ser más crea el aire a su medida. El mineral a la boca sube. Lento, triste, siempre severo. Hay un cementerio en cada persona que cruza. No pensar en el asco resulta imposible, su pliegue ancho asoma por todos lados. Una carnicería abre sus puertas, el neón se enciende, desciendo. En Santiago el hollín cae sobre cabezas inmensas que sacuden giros cuando el peso las aplasta o alguien grita por ahí cerca.
El vaquerito se eterniza en mi cerebro, lleva sus ganas de consuelo tan lejos que me pierdo de vista











