¿Y cómo ocurrió todo eso?.
Por aquel experimento que se amplificó peligrosamente al asormarse al otro, al único espejo que refleja aquello que se arriesga a persistir a fuerza de no existir. De pie frente a él me recorro y pienso: alguien mira, ¡ahí! , alguien mira. Pero no es más que mi deseo de comprender al menos una parte de esa intimidad que intimida, que cruza desde la camisa estrecha hacia el exhibicionismo más holgado, imposible de sostenerse porque no hay nadie oculto detrás de la ventana. Entonces me obscenizo; permanezco fuera de escena. Lo que se mostró hace un segundo, o un milenio, está de igual modo perdido.
En el mismo instante que el grito de placer, el alarido de la desesperación se producen, son ya una resonancia, desvanecida, disuelta: el tiempo inmediato. Quizá por eso el empeño en confeccionar el traje que jamás vestiré. Quizá por eso mi afán de coleccionar la muerte en orificios sobre el muro, como un museo secreto.
El soplo va atenuándose. Un flujo degrada hasta el más pequeño estremecimiento. Todo se encrespa, se entrelaza y confunde. Si mientras escribo fuese capaz de adentrarme, para descubrir el silencio primero de donde se desprende la respiración pesada que nos envuelve. Sin embargo, nada de eso ocurre. Secciono lo que tengo delante para formar lo que jamás será mío. Lo que se ha ido.
La hora señala un juego enmascarado, pacientemente elaborado antes de nosotros y por nosotros, donde cada recuerdo es una mentira. Cada memoria el espejismo de un espejo espeluznate











