El tacto, el evangelio más brillante.Tu espalda, una columna clara y dura. Mis dedos, la sed al borde del agua. Por las grietas, entre las uniones de ésta acalorada arquitextura, nos asomamos tristes algo vacíos. Después, la luz interrumpe ahí un hallazgo.
Todo es fuerza, todo es reposo. Un silencio pregunta: ¿Es ahora el momento? Porque no me resigno a tus contornos, a su cruz hecha de fuego. Cuando la respiración se tiende a lo largo, el paisaje entero se comprime sobre el piso.
La cama como tumba incita y resucita. Hace de nuestra descomposición la más bella presencia











