Comienza el otoño y tengo mucho por hacer. Especialmente sobre esas extensiones oscuras que brotan entre las piernas al dejar la cama o bien, cuando se sale de la ducha, y que me resultan asquerosas.
El cuidado en el recorte por la mañana se ha transformado en un ritual obsesivo de memoria y aseo. Cada día, lo primero que hago es cerciorarme que el vello obedezca los límites y formas que le he impuesto. Desnudo frente al espejo y a veces también encima de él, con las tijeras que guardabas en el viejo estuche inicio la tarea.
Te parecerá tonto pero antes de encontrarlas, me había decidido por uno de esos depiladores eléctricos. Sin embargo, la humedad de la piel más lo irregular de su superficie terminaba siempre enredando el pelo entre las pinzas con el efecto de un dolor tan breve como intenso. (Recién ahora entiendo tu teoría acerca de la irritación y el hecho que nunca te compraras ni mucho menos, me pidieses que te regalase uno de estos aparatos).
Aún recuerdo aquella noche en que entré al dormitorio y te descubrí sobre la alfombra. Las piernas abiertas. El delicado movimiento de tus tijeras, que con la ayuda de un pequeño espejo seguías en todo momento.
Comienza el otoño. Nada por hacer. Nada, excepto asegurar la puerta, preparar todo. Lentamente abrir el estuche hasta ver asomar las tijeras y una vez más acercarlas hasta los ojos, con la idea triste de encontrarte en su reflejo.











