El engaño, la apariencia hecha pretexto. De imágenes que siempre me fascinan y desconciertan. Vienen los gemelos Quay con su opacidad barroca, refinada, poética. La evasión que tanto envidio, es privilegio de quienes van embalsamando las fábulas, la porción más preciada de nuestra conciencia.
Siempre ahí: la imposibilidad de recorrer un laberinto eterno, de imprimir ese tipo de anatomía extinta a cada frase que escribo. Delinear palabras como marionetas desmembradas que portan con orgullo sus cráneos vacíos, repletos de significados mecánicos, donde reina el polvo y la belleza se encuentra en las oraciones más imprecisas, casi groseras.
Según uno de sus biógrafos, Jan Svankmajer fue contratado, para integrar la corte de Rodolfo II . Apenas llegó al palacio, el anterior retratista — furioso porque tal arribo le relegaba a un segundo plano— ideó un plan y se ofreció a enseñarle la cámara de maravillas del emperador.
Aquel espacio secreto estaba formado por varias salas de difícil acceso, que el excéntrico monarca compartía sólo con sus invitados más íntimos. Cuando llegaron a la puerta del gabinete, Svankmajer recibió un violento empujón, quedando encerrado en el oscuro museo, especie de mundo paralelo, oculto y hermético.
El artista debió pasar la noche entera atrapado en aquel recinto, entre criaturas extrañas y deformes, pájaros disecados, máquinas de movimiento perpetuo, un cíclope flotando en un frasco de vidrio, enanos de dos cabezas, cadáveres convertidos en piedra. Sin embargo, nada mencionó a su mecenas sobre las interminables horas transcurridas en medio de tan curiosas piezas.
Tras el incidente, comenzó a crear obras incomprensibles. Rostros y figuras formados por otras cosas, como si alguien le dictara instrucciones secretas al oído, que él se apresuraba en terminar. Pese a dejar la corte del soberano de Habsburgo, continuó en Praga, donde vivió hasta el día su muerte (cosa que aún no sucede).
Recién ayer, los hermanos Quay - sus discípulos predilectos - le preguntaban sobre qué había sentido al salir de la cámara de maravillas. Asombrado, respondió:
“¡Pero que estupidices dicen!. ¡Yo nunca he abondonado aquel sitio!.











