
Al entrar en la joyería Zagorski. Consuelo Bratz compra tres cápsulas de oro.
- Sin caja - dice, mientras las hace pasar una a una a través de la invisible cadena que rodea su cuello. Usa anillos en el dedo meñique y el mayor, muy saver-faire.
El señor de Bratz y no al revés, que es descortés, conoció a Consuelo en España. Él estaba allí, porque es el país donde había nacido pero principalmente porque odia viajar. Consuelo, en tanto, es francesa a voluntad. Al contrario del señor de Bratz su pasión es viajar, aunque pocas veces se aleje de Madrid. Las grandes ciudades, ésas que permanecen iluminadas día y noche, son su rostro. Su cuerpo, su piel cosmopolita y poli-ana-tómica. Atómica.
Su primer encuentro se produjo en una cena aburridísima. Fueron sentados uno junto a otro, se entendieron bien pese a los problemas del idioma. Él la llamó al día siguiente. Ella sin embargo, le contestó la misma noche tras despedirse. (Le fatigan las etapas y los preámbulos semánticos, prefiere la cirugía ambulatoria que permite dejar atrás el dolor de forma rápida y reincorporarse a la vida en no más de uno o dos días, casi el mismo tiempo que toma realizarse una nichoplastía). El resto es historia por conocer, por conceder escribiré más adelante.
A Consuelo la imagino por sus Campos Elíseos, faraónica, dejándose arrastrar por dos enormes osos lanudos, que alguien tiñó esta mañana de rosa pastel uno y mora tarta el otro, a escondidas, justo antes que ambos despertaran. El Señor de Bratz está sentado a la mesa de un local en mitad de su Heure verte, haciendo el boceto de un nicho hipoxxxico que espera construir, con el ojo siniestro levemente enfocado hacia la mesera. Con el otro, atropellado, de pronto, por una nube de tormenta en tonos pastel y mora - pero aún verde-. Seguida de un elegante tobillo que se va afinando hasta…
-Mon Dieu!, grita Consuelo - Zut Alors! El señor de Bratz devora la mesera de limón en verde de una sola mirada y sale disparado en dirección verde a la caza de los osos lanudos en frenética carrera. Después, un momento de tensión, cuando las criaturas cruzan peligrOsOsamente la avenida. Pero el señor de Bratz llega justo a tiempo y toma las correas enrolladas en los suaves guantes color malva en verde de Consuelo. Es entonces cuando ella mira los ardientes ojos café en verde del señor de Bratz. Se besan en mitad del ancho boulevard, la pierna de Consuelo se instala entre las de él. Rebanando la proxxxémica urbana para más delicia que escándalo de los trance-untes.
Ahora trato de pensar en Consuelo con un color de pelo distinto, y sus labios repitiendo:
“Había una reina medieval, que tenía 76 bolsillos secretos en su vestido, en cada uno guardaba el corazon embalsamado de un amante. ¿Sabías vaquerito porno que las naranjas no son la única fruta?”.
Hasta disolver su imagen en un fundido de azúcar sabor verde.




















December 17th, 2006 at 8:21 pm
Contiene este relato detalles de una gran penetración meta y física.
January 18th, 2007 at 9:28 pm
has notado que el sexo huele a mandarina?
por ello de que “no solo las naranjas”
July 1st, 2007 at 1:58 am
el sexo huele a fuet, hierba cortada o a vim con perlaclor