Que en esa casa no lloró nunca un niño.
Porque en esa casa nadie tenía ojos de niño.
Ninguno, siempre una órbita inmóvil.
Y el cuerpo como un bosque
donde se hundían otros pasos.
Soñar otra vez el viento.
Quedarme ahí,
Con la infancia suspendida en el miedo. Morir en eso,
oculto,
en un vestido hecho de vidrio.
Pero no se muere











