Posted on 21 June 2007 by admin
Cuando la visión obstruye el sentido,
Cefalometría:
I. Éste es mi perfil de frente,
la periferia es el centro.
II. Profundidad facial, que se cierra
III. La cicatriz de la mirada mantiene sus límites
IV. La ausencia del gesto es la gangrena del verbo
V. Recomponer el negro y fisurarse en secreto.
VI. Mordida abierta o invertida: no hay mordida.
VII. De una precisión quirúrgica, la falsa impresión de un borde soy.
Cuando la visión obstruye el sentido: tu compás se rompe,
colapsa en el contorno.
August 23rd, 2007 at 5:44 pm
precioso. casi nunca me animo a comentar aquí pues siempre temo oscurecerme pero todo esto es hermoso
August 31st, 2007 at 7:03 pm
He visto, durante toda mi vida, sin una sola excepción, a los hombres de hombros estrechos realizar
numerosos actos estúpidos, embrutecer a sus semejantes, y pervertir a las almas por todos los
medios. A los motivos de su acción le llaman: la gloria. Viendo esos espectáculos, he querido reír
como los demás; pero eso, extraña imitación, era imposible. Tomé un cuchillo cuya hoja tenía un filo
acerado y me sajé la carne en los sitios donde se unen los labios. Por un instante creí haber
conseguido mi objeto. Contemplé en un espejo la boca maltratada por mi propia voluntad. ¡Fue un
error! La sangre que brotaba abundante de las dos heridas pedía, por otra parte, distinguir si en
verdad era la de los otros. Pero después de unos instantes de comparación, vi bien que mi risa no se
parecía a la de los humanos, es decir, que yo no reía. He visto a los hombres de cabeza fea y ojos
terribles hundidos en las oscuras órbitas, superar la dureza de la roca, la rigidez del acero fundido, la
crueldad del tiburón, la insolencia de la juventud, el furor insensato de los criminales, las traiciones
del hipócrita, a los comediantes más extraordinarios, la fuerza de carácter de los sacerdotes, y a los
seres más ocultos al exterior, los más fríos del mundo y del cielo, dejar a los moralistas que descubran
su corazón, y hacer recaer sobre ellos la cólera implacable de las alturas. Los he visto a todos
a la vez, con el puño más robusto dirigido hacia el cielo, como el de un niño ya perverso contra su
madre, probablemente excitados por algún espíritu infernal, con los ojos recargados de un
remordimiento punzante y al mismo tiempo vengativo, en un silencio glacial, sin atreverse a
manifestar las vastas e ingratas meditaciones que encubría su seno -tan llenas estaban de injusticia y
horror-, y entristecer así de compasión al Dios misericordioso.