Impelido por el visionado de estas fotos, he ido a releer la biografía de Proust de George D. Painte, agotada en España (la última tirada de una reedición fue de la friolera de unos tres mil o cuatro mil ejemplares. Hay otra biografía, dicen que la mejor, de Jean-Yves Tadié), bueno, pues en el capítulo “La sima de Sodoma” nos dice (extractos):
“Alrededor de la primavera de 1917, después de que la amistad de Proust con Albert (Le Cuziat) se enfriara, como cabe presumir, durante el reinado de Agostinelli, y a causa del inicio de la guerra, Albert descubrió su verdadera vocación. Contaba a la sazón treinta y seis años, por lo que no podía servir a sus amados superiores tal como lo hacía en los días de su primera juventud, pero sí podía ser el vehículo adecuado para que otros les sirvieran. Su amplia experiencia le hacía un hombre especialmente idóneo para elegir clientes y personal de servicio, por lo que decidió abrir un prostíbulo de hombres y para hombres.Se despidió de su último señor, el Duque de Rohan, y, con la ayuda económica de Proust, adquirió en traspaso el Hotel Marigny, en la Rue de l´Arcade número 11, explotado anteriormente por M. Plaghki. El nuevo establecimiento fue amueblado, en parte, principalmente el vestíbulo y el dormitorio de Albert, con sillas, sofás y alfombras procedentes del hogar de los fallecidos padres de Proust….
En el Hotel Marigny, la alta figura de Albert permanecía rígidamente sentada tras el mostrador de recepción. Y el cliente que entraba le veía enfrascado en la lectura de algún libro de genealogía, calva la cabeza de la que había desaparecido el dorado cabello, pálida la frente, delgados los labios, con el perfil extrañamente abrupto, y lo ojos azules, todavía tan brillantes como el cielo de la Bretaña que le vio nacer…
Proust era un individuo indudablemente viril, a quien siempre habían gustado los jóvenes dotados de virilidad, pero en este terrible período en que descendió a las profundidades de un espantoso infierno, llegó también a buscar la violencia y la crueldad, en virtud de unos impulsos, generalmente dormidos, que en determinados períodos revivían pletóricos de fuerza…
Como sea que Albert no pudo encontrar a un auténtico matarife, proporcionó a Proust un muchacho dispuesto a fingir que lo era. Proust le preguntó: “¿Has dado muerte a un animal? ¿A un buey? ¿Sangró mucho? ¿Tocaste la sangre?” Hasta esta última pregunta, el muchacho se había limitado a musitar una y otra vez poco convincentes síes, pero al fin cobró valor y contestó: “Claro que sí, he tocado la sangre con las dos manos”. Un día, Albert le llevó a la tienda de un carnicero, en donde Proust dijo al aprendiz: “Quiero ver cómo matas una ternera”.
January 26th, 2008 at 6:52 am
Impelido por el visionado de estas fotos, he ido a releer la biografía de Proust de George D. Painte, agotada en España (la última tirada de una reedición fue de la friolera de unos tres mil o cuatro mil ejemplares. Hay otra biografía, dicen que la mejor, de Jean-Yves Tadié), bueno, pues en el capítulo “La sima de Sodoma” nos dice (extractos):
“Alrededor de la primavera de 1917, después de que la amistad de Proust con Albert (Le Cuziat) se enfriara, como cabe presumir, durante el reinado de Agostinelli, y a causa del inicio de la guerra, Albert descubrió su verdadera vocación. Contaba a la sazón treinta y seis años, por lo que no podía servir a sus amados superiores tal como lo hacía en los días de su primera juventud, pero sí podía ser el vehículo adecuado para que otros les sirvieran. Su amplia experiencia le hacía un hombre especialmente idóneo para elegir clientes y personal de servicio, por lo que decidió abrir un prostíbulo de hombres y para hombres.Se despidió de su último señor, el Duque de Rohan, y, con la ayuda económica de Proust, adquirió en traspaso el Hotel Marigny, en la Rue de l´Arcade número 11, explotado anteriormente por M. Plaghki. El nuevo establecimiento fue amueblado, en parte, principalmente el vestíbulo y el dormitorio de Albert, con sillas, sofás y alfombras procedentes del hogar de los fallecidos padres de Proust….
En el Hotel Marigny, la alta figura de Albert permanecía rígidamente sentada tras el mostrador de recepción. Y el cliente que entraba le veía enfrascado en la lectura de algún libro de genealogía, calva la cabeza de la que había desaparecido el dorado cabello, pálida la frente, delgados los labios, con el perfil extrañamente abrupto, y lo ojos azules, todavía tan brillantes como el cielo de la Bretaña que le vio nacer…
Proust era un individuo indudablemente viril, a quien siempre habían gustado los jóvenes dotados de virilidad, pero en este terrible período en que descendió a las profundidades de un espantoso infierno, llegó también a buscar la violencia y la crueldad, en virtud de unos impulsos, generalmente dormidos, que en determinados períodos revivían pletóricos de fuerza…
Como sea que Albert no pudo encontrar a un auténtico matarife, proporcionó a Proust un muchacho dispuesto a fingir que lo era. Proust le preguntó: “¿Has dado muerte a un animal? ¿A un buey? ¿Sangró mucho? ¿Tocaste la sangre?” Hasta esta última pregunta, el muchacho se había limitado a musitar una y otra vez poco convincentes síes, pero al fin cobró valor y contestó: “Claro que sí, he tocado la sangre con las dos manos”. Un día, Albert le llevó a la tienda de un carnicero, en donde Proust dijo al aprendiz: “Quiero ver cómo matas una ternera”.
Y ya basta.