Asegura el Señor Nichodades en su diario lírico, que los escritores recibirán a partir del año 2058, un entrenamiento obligatorio para acostumbrarlos a vivir en la realidad sin peso del espacio, a través de métodos de simulación en condiciones de creatividad grado cero. Los inventores del curioso método serán una pareja de novelistas suecos llamados Carboni y Carbonita, quienes cuando escriban flotarán extasiados hasta lo alto de las casas, tanto, que sus propios vecinos -casi todos críticos literarios- tendrán que salir corriendo a buscar una palito para lograr bajarlos.
En la escuela para muñecas filosofas discutimos una y otra vez sobre el tema de la Anábasis y el vértigo. Todo esto me lleva a pensar que ya no volveremos a leer sobre héroes que se sitúen del lado de afuera y misterioso del tiempo, en un estado intermedio, que está tan lejos de lo divino como de lo humano.
Es una pena que los escritores de hoy no aprecien las ventajas de la levitación. Tal vez, esa sea la razón por la cual parecen cargar un gran peso. Sus palabras, apenas escritas caen. Nos resultan demasiado lentas, aburridas o solemnes, como la de los personajes que aparecen en la Biblia, siempre llevando jarras, piedras o enormes cruces sobre sus hombros.
Estoy convencida que el comportamiento del escritor actual encaja en los patrones típicos de alguien que ha perdido una cosa muy importante -una pirámide, por ejemplo- y busca en los lugares más inadecuados para encontrarla. O el de una persona que decide un viernes por la tarde, abandonar su vida para comenzar otra idéntica en el mismo sitio, por medio de la repetición de cada uno de los movimientos de esa vida previa que insiste en dejar.
Termino la lectura de un manual para escritores, que explica en tres pasos la manera más fácil de cómo levitar. Dice:
Empuje los pies contra la tierra. Eleve el cuerpo. Aléjese del suelo.








