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Category “Antes de cruzar el Estigia”

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Comentario sobre La indiferencia, de Oscar Orellana [por Matías Moscardi]

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Kurt Cobain solía decir que la apatía de su generación le daba asco. Algo de su aura autodestructiva, contradictoria, late en La indiferencia, de Oscar Orellana. Por un lado, un resto que impugna esa apatía generacional; por el otro, una irradiación que la enaltece, que la incorpora casi en los mismos términos en que se recibe la calma de un estado de trance, de meditación. Dos territorios separados por “…una delgada capa infranqueable/ que lo esteriliza todo”.
Escribir la indiferencia es, necesariamente, oscilar, someter la experiencia poética a un vaivén entre la aceptación y el rechazo del mundo, entre el deseo y la acedia, es decir, la pérdida de pulsión, lo neutro. Como nos advierte Roland Barthes, el Tedio puede contarse sólo como traición, de manera perversa: escribirlo es transgredirlo, porque la escritura es siempre activa.
Orellana reconstruye, en su libro, esa “visión preliminar de las cosas que aún no hemos destruido”, como si el poema fuera un blanco, pero en el sentido de la arquería Zen: un punto ciego donde el acierto sólo se alcanza por medio del extravío de la mirada.
La indiferencia, entonces, como esa pérdida en donde la escritura se ausenta para dar con el poema. Por eso, como un pacman de palabras que se devoran a sí mismas, Orellana nos dice que habría que destruirlo todo: “los días de lluvia,/ esa luz que baila, el ruido de los muertos,/ el de los recién nacidos,/ las noches de espera,/ las mañanas, los amantes, las confesiones, los sordos./ habría que destruir la velocidad que comienza a borrar tu cara”.
Tampoco hay lugar para la tragedia en la escritura de Orellana, porque el mundo queda anulado en sus propias paradojas: la destrucción es finalmente destruida; la indiferencia, olvidada. Queda la desesperación, la tristeza, tal y como aparecen en el epígrafe de Spinoza con el que abre El Salmón (Buenos Aires, 1996), de Fabián Casas: “La desesperación es la tristeza que nace de la idea de una cosa futura o pasada con respecto a la cual no hay más razón de dudar”. La tristeza, entonces, nunca como reminiscencia de una sensibilidad romántica, sino como condición del saber, un resto epistemológico que se acepta como una culpa irracional, porque como leemos en uno de los poemas: “ya estamos advertidos/que se vive dentro de la biología/como al interior de una gran despedida”.
El poema que da título al libro sintetiza toda la fuerza de la indiferencia, fuerza que parece diseminada, parafraseando a Wallace Stevens, en invisibles quehaceres cotidianos hechos visibles: un hombre que copia llaves, una mujer mayor a la que se le muere su gato, un hombre con los pies hinchados, una rata, gente que pasa y gente que espera.
En ese flujo de imágenes, dispuestas en un fraseo casi elegíaco, el poeta entra y sale de cada palabra “con la lengua hecha flecos”, como si en esas filigranas desenhebradas del poema quedara, todavía, algo: ya no la unidad, lo homogéneo, lo absoluto, sino lo resquebrajado, lo roto, eso que la distancia separa, hiende con su filo único: el sentido que la escritura poética de Oscar Orellana abraza como algo que está a punto de partir, para no volver.

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Matías Moscardi (Mar del Plata, 1983). Es profesor en Letras por la UNMdP, donde trabaja como docente, y becario del CONICET, con un proyecto de tesis doctoral sobre editoriales independientes de poesía argentina. Sus libros son: Los círculos del agua (Dársena3, 2006), Pluvia (VOX, 2007), Una, dos comadrejas (VOX, 2010), Los sapos (Sacate el Saquito, 2011) y Bruma (VOX, 2012). Además, publicó traducciones de William Carlos Williams (Paterson V, Luz Mala Ediciones, 2012) y T. S. Eliot (Libro de los gatos mañosos del Viejo Possum, en colaboración con Luciana Caamaño, Luz Mala Ediciones, 2012). Administra el blog de traducciones metradujounamosca y organiza anualmente el Festival de Poesía, de Acá, en Mar del Plata.

La ternura de los puentes

Yangtze-River

Yangtze-1

La vida domesticada por el viento.
La telaraña de bruma sonriente,
la belleza de un momento trágico,
tan absoluto.
Ya no queremos más voces susurrantes.

El río será fresco alrededor de nuestros cuerpos.
Este salto, un último discurso.

Somos apenas el ruido de alguien que mira.
Somos los invitados de una palabra.
Somos esta victoria inesperada que viene desde no sé dónde.

Nadie sabrá antes que nosotros.