Acróbatas y funambulistas. Equilibristas de funerales y suplicios. Sobre la misma cuerda, de lejos los pies apenas se divisan. Un leve aumento en la corriente y todo sería distinto, o tal vez del mismo modo.
El cabello flota suelto, de la boca nuestro miedo sale en forma de fuego, al igual que demonios y espíritus, vamos descalzos. A veces desnudos, a veces, con túnicas atravesadas por hilos de oro.
Nunca he comprendido por qué llaman floja a la suspension más tensa. Para mí, una cuerda es la oracion perfecta, sin esquinas o dobleces. Su dominio radica en seguir cuidadosamente el orden de cada palabra, en no escapar a lo que sentencia.
Si me detengo a observarte el equilibrio desaparece. Es necesario que mantenga siempre el movimiento, sin importar que éste sea más o menos perceptible; si llego a quedarme quieto por un instante, inmediatamente lo perdería, te perdería.
Al borde del aire miramos la tierra que parece tan escasa. Un pozo sin fondo donde el alma se suspende. Con pasos suaves la turbación de algo perdido se acerca a mí, a nosotros. Se llenan de ojos las arañas, que enmarañan el peso, que apuestan al descenso. Tienden su hilo, la fina cuchilla por la cual el vertigo se desliza.
No hay abismo, nada se retira ni permanece (la muerte crece)
Poco importa la sincronía o el avance. Alcanzado el centro te observo, no retrocedo.
Alcanzado el centro, a ambos lados del aire, nos queda una fracción de suelo.























