
En la biblioteca de Madame O se encuentra un libro enigmático, se trata del registro de una criatura enferma y maravillosa.
Algo dentro de mí se desgarra, luego sale a la superficie a través de un agujero, bajo la zona del ombligo. Tengo entonces la sensación que toda mi sangre fluye afuera sin que pueda hacer nada para evitarlo. Me acerco, no hay duda, al término de mi existencia. Mi frente parece desplomarse bajo el peso de oscuras melancolías.
Mi estado despierta serias inquietudes, lo que explica los susurros de quienes me rodean. Soy objeto de observaciones constantes, y la sala de enfermería se ha vuelto el sitio donde más veces pueden encontrarme. Allí permanezco, aislada, ajena a todas esas alegrías ruidosas que hasta hace poco iluminaban mi cara.
La pequeña ciudad de N… dónde he nacido posee un hospicio, que destina un área al tratamiento de casos como el mío. El resto es habitado en su mayoría por huérfanas abandonadas a su suerte. Pobres seres, ¡privados para siempre de las caricias de una madre!
Todo me asombra, la vista de los extensos corredores, poblados de niñas o enfermos, el silencio religioso durante la noche, perturbado solamente por las denuncias del sufrimiento, o el llanto ahogado de una tristeza secreta que pronto se olvida hasta apagarse en la calma de un sueño delicioso. Me resigno a la soledad, y cuando un gesto se levanta sobre mí, soy feliz, porque lo recibo como se recibe un favor inesperado. Más tarde, en medio de las faltas de mi vida, estos recuerdos me parecerán celestiales y serán mi compañía cuando la pena se haga inmensa.
Sufro al imaginar el día en que nadie pueda verme a causa de la espesa sombra que me envuelve desde que dejé la infancia, esa edad cuando todos somos hermosos y una luz suave e ingenua adorna nuestra mirada. Pero ese tiempo ya no existe más para mí. A medida que crezco me aparto del mundo, porque comprendo que he sido destinada a una vida aparte, a una vida extranjera.
Sé que empeoro. La palidez enfermiza refleja un estado de morbidez crónica. Los rasgos son de una dureza inusual. Una extensa zona de mi cara está cubierta por una pelusa ligera que aumenta cada día. A menudo escucho comentarios y bromas que simulo no haber oído.
He decidido ocultar todo mi cuerpo y evito exponer mis brazos incluso durante las épocas más calurosas. Aunque intento aumentar de peso mi figura presenta una delgadez casi ridícula. ¡Yo que había nacido para amar! Sinceramente, cada porción de mi alma me impulsa a hacerlo; si lograran arrancarme la piel, verían como tras las frías capas respira un ser apasionado.
Se aproxima la hora impostergable. El momento en el cual la naturaleza reclama su derecho y me obliga a renunciar a una existencia de la cual me había apropiado, una biología imposible que no me pertenecía. Lo confieso, he sido cruel y egoísta. De las leyes que nos gobiernan usurpé un lugar aún sabiendo que no estaba permitido.
¿Qué por qué continué hasta el final? No podría explicarlo. Quizás por maldad, ese sentimiento siempre tan natural a nosotros los hombres.