A juicio, de mi colega el destacado Doctor Guillotin, con quien he tenido el gusto de intercambiar ideas y reflexiones, en los pasillos de la Academia de Cirugía, la invención de su instrumento asegura a la víctima un dolor casi imperceptible. Apenas las escasas fracciones de segundo, que tarda la cuchilla en cortar la cabeza.
I.Con mucha frecuencia el condenado, sufre un síncope antes del momento fatal. Por tanto, cuando el verdugo lo decapita es prácticamente ya un cadáver. Compartirán conmigo que la angustia, y la ansiedad son estados que muchas veces nos juegan en contra.
II. Las diversas entrevistas que he efectuado a verdugos confirman este dato. En ellas, los ejecutores me han señalado, que de cada 10 sujetos, apenas uno iba más o menos íntegro al suplicio. Mientras que el resto se encontraba ya medio muertos cuando subían al cadalso. Parecían más bien, según estos, una masa inerte y carente de fuerzas. Esto avalaría mi teoría acerca, de que el verdadero dolor no lo sienten al ser guillotinados, sino en los momentos previos la muerte. Se trataría de un dolor moral, nada más que eso.
III. Pero no pensarán que me he limitado solo a observar. También he dedicado muchas horas de investigación a experimentar con animales. Guiado por la intención sincera de demostrar que tal método constituye un enorme progreso en relación a otras técnicas precarias como: La estrangulación, la horca, la hoguera, y especialmente el descuartizamiento, el que por su total carencia de sutileza, ni siquiera debiese ser mencionado. En fin.

IV. Pero no pensarán que me he limitado solo a observar. También he dedicado muchas horas de investigación a experimentar con animales. Guiado por la intención sincera de demostrar que tal método constituye un enorme progreso en relación a otras técnicas precarias como: La estrangulación, la horca, la hoguera, y especialmente el descuartizamiento, el que por su total carencia de sutileza, ni siquiera debiese ser mencionado. En fin.
V. Debo admitir, sin embargo, que persisten ciertas dudas. Últimamente, se ha venido propagando la absurda idea de que la cabeza continuaría pensando y sufriendo incluso separada del cuerpo. Anatomistas de gran prestigio se han sumado a tan tamaña estupidez. Han afirmado que la cabeza conservaría por unos segundos o minutos sensibilidad y pensamiento. Basando tal brutalidad en algunos movimientos y espasmos espontáneos, que significarían según ellos una clara manifestación de dolor tanto del cuerpo como de la cabeza tras la decapitación. Agregan, en lo que yo veo como una campaña de desacreditación, la sensación de pertenencia que experimentan algunas personas luego de la amputación de alguno de sus miembros, aún después de largo tiempo de haber sido intervenidos.
VI. Reconozco que en la serie de pruebas con animales, a los cuales he decapitado, se observan contracciones en la lengua, ojos y labios. Por ejemplo, ayer al tocar la córnea de una gallina, el párpado se cerró. Pero esto responde simplemente a un acto reflejo, ya que al producirse la decapitación se llega a una nivel de asfixia con tensión arterial cero. Esto afirma mi hipótesis de que tales movimientos son puros artificios biológicos. La decapitación mata sin agonía, en perfecta calma, anulando el poder reflejo y el automotor. La hemorragia súbita hace caer la tensión a 0 en 1/10 de segundo y paraliza la conciencia, la voluntad, y la sensibilidad.
VII. Según mi análisis la muerte se produciría por un doble mecanismo: a) por asfixia y b) por inhibición. La pérdida de conciencia, es sin lugar a dudas, y contraria a la opinión de mis detractores: instantánea. En cuanto a la cabeza en sí, es necesario acotar que una vez separada del cuerpo, conserva una calma absoluta por dos o tres minutos, tras ese periodo sobrevienen solo en algunos casos, movimientos extraños en la cara, apertura o cierre de la boca, entre otros. Le he solicitado, a algunas personas para fundamentar aún más mi teoría, que después de la decapitación me guiñen un ojo, como prueba de que aún están conscientes. Obviamente, adivinarán que ninguno de ellos pudo cumplir lo prometido.
Aunque les parezca sorprendente, otros han ido más lejos que yo.
En un espectáculo que califico como cruel y de mal gusto, se han atrevido a realizar públicamente una transfusión sanguínea a una cabeza ya decapitada. Tal experimento inhumano y tan o más indigno como los crímenes que pudo haber cometido el ajusticiado no tuvo como era de esperar, resultado alguno. Pero es en la preparación previa que se tuvo que hacer de la víctima lo que me parece más escalofriante, ya que para efectuar la transfusión, han tenido que practicar todavía vivo el condenado, la desanudación de las carótidas con la colocación en ellas de una cánula adecuada para el paso de la sangre transfundida a la cabeza.
Al parecer, la crueldad de la naturaleza humana será siempre capaz de superarse a sí misma.