Y sin embargo, después de haber intentado embalsamar en cada frase, mi yo desnudo, mi yo disfrazado, comienzo a vacilar.
La escritura es una buena excusa para quienes se niegan a crecer. Quizá parezca rídiculo (no podría ser de otro modo), pero creo que mi ambición de transformarme en un enano, se convierte poco a poco, en una enfermedad incurable.
Doy vueltas por la casa, los muebles -incluso el gato- me parecen gigantes y monstruosos. ¿Cae el horror de las dimensiones, sobre ellos o sobre mí?
Empeoro. Cada vez que sonrío la boca me arde. No quiero ver a nadie y quiero ver a todos al mismo tiempo. Podría saltar de la cama o la ventana y ni siquiera notar la diferencia. (no despertar, tampoco ayudaría a esclarecer si fue lo primero o lo segundo)
Son las diez de la noche y continúo midiendo 1.69 centimetros, cada uno de los cuales se masturba sin lograr recordar la imagen que inició todo el ejercicio. Me toco entero, esperando descubrir un lado más en mi cuerpo. El crecimiento de otra extremidad, que disimule las partes que faltan.
Mi cabeza se balancea sobre el borde la cama- imagino que estoy a punto de ser decapitado, pero nada ocurre. Observo el techo mientras con los dedos busco una hendidura, una protuberancia, pero solo hay más de esa piel lisa y parda. Empiezo a masturbarme nuevamente. Estoy vacío, apenas una secreción acuosa, casi nada.






















