
El silencio sucedió a la masacre. Un silencio, para señalar a los monstruos la hora en que debían aspirar su propia pestilencia.
Cuanto más el cuerpo se reduce, cuanto más se vuelve obsceno, viscoso y excesivo, deviene en plenitud su verdadera apariencia humana.
El silencio de un paisaje humano. Sin ojos, que continúan abiertos, como lo están los de un cadáver o un niño.












