
En la Escuela para Muñecas Filósofas nos acaban de explicar que la Tierra se mueve a ciento cuatro mil kilómetros por hora, aunque dicho movimiento no podamos percibirlo. Entre las burlas de mis compañeras, me he atrevido a sugerir que sería mejor calcular el tiempo en kilómetros y no en horas. Esta simple modificación nos permitiría de inmediato eliminar de la mente cierta culpabilidad que provoca entre algunos el Ocio. Por ejemplo, si uno no ha hecho absolutamente nada durante algunas horas podría decir al menos: “Bueno, he recorrido doscientos siete mil setecientos kilómetros sin sacar siquiera un pie de la cama”. Algo nada despreciable, no lo creen. Estaríamos siempre en un gran viaje inmóvil, lo que aparte de cómodo resulta fantástico.
Este asunto de la Tierra me tiene fascinada. He estado pensando que si lograra hacer un agujero que atravesara su centro y luego me arrojara en él, caería cada vez más rápido hasta alcanzar una velocidad que he calculado en veintinueve mil kilómetros por hora en el momento exacto en que traspaso su núcleo. Después sin embargo, el descenso se haría mucho más lento hasta deternerme en la superficie, ante la mirada estupefacta de un chino que alcanzaría apenas a moverme la mano antes de iniciar mi veloz regreso de vuelta que me haría reaparecer en el punto de partida.
Estimo que el viaje completo tomaría ochenta y cuatro minutos. Siempre y cuando disponga de alguien muy paciente esperándome al otro lado dispuesto a lanzarme una cuerda o bien sacarme con un palo. De lo contrario, seguiría subiendo y bajando como una idiota infinitamente. El trayecto hacia arriba y hacia abajo serían uno solo y siempre el mismo.
Es íncreíble y sorpredente, cuando uno lo piensa, cuanto trabajo sin sentido realiza el Universo sólo para mantener de pie a una diminuta muñeca como yo en el mismo sitio y permitir así que les cuente todo esto a ustedes, siempre dispuestos a oir sobre las cosas más inútiles y absurdas.













