El tiempo se detiene en los bellos días, como si el movimiento fuese incapaz de sostenerse a sí mismo. Surgen de pronto, traviesos angeles, suspendidos en una total indeferencia.
Son criaturas encantadas, ajenas al juicio oscuro de quien las contempla.
Se presentan ante mí casi siempre en la misma postura y sitio.
Al interior de una casa, sentadas o tendidas. Tratando de entregarme algo que sin embargo se tuerce en una profunda somnolencia cuando trato de alcanzarlo. Permancen ahí , quietas, acomodadas sobre una especie de silla o sofá, de respaldo redondo y patas curvas. Entonces parecen menos celestiales, con una una pierna extendida y la otra doblada, sofocadas en un vestido que descubre un hombro o bien resbala sobre los muslos hasta asomarlos casi completamente.
A veces, dejan caer sus brazos, agotadas bajo mi ojos. Vienen solas o acompañadas por alguna persona, pero más comunmente por un gato. Traen consigo espejos en los cuales nunca se miran. Como ahora por ejemplo, en el que yo al fondo, a torso desnudo atizo el fuego, intentando en vano ocultar mi presencia.



















