
Tu cabeza. A menudo pienso en tu cabeza. La mido en todos los sentidos, desde cada ángulo, de atrás hacia delante, de arriba abajo. Creo que le rindo un verdadero culto. Es muy extraño. Con otra gente, espontáneamente examino sus cabezas, pero no tengo la necesidad de estar tasándolas.
Sí. Tu cabeza me interesa enormemente. También lo que está adentro, claro. No es que solo quiera llevármela, no, lo que quisiera es meterme dentro de ella, sobre todo meterme dentro. Tal vez un cuchillo ayudaría para poder estar concretamente adentro, para sacar aun más. Arrancártela sería castrar el pensamiento.
Quizá estoy yendo demasiado lejos. Tal vez hacer de un golpe un pequeño hoyo, meter algo de mí, en ese hueco. Porque es necesario mantenerte con vida, para continuar llenándola. Naturalmente un hoyo demasiado pequeño no bastaría, tampoco meter solo una parte, si lo que quiero es meter mucho. Un hoyo más grande, en cambio, me permitiría ver más, tantearlo todo. Poder incluso pasearme por dentro de tu cabeza, descansar en ti, apartarme de la vida, dejarla fuera. Aunque pronto -no sé porqué- tendría deseos de deslizarme desde ese sitio hacia abajo.
A veces cuando estás sobre mí, imagino que me someto únicamente al peso de tu cerebro. Todo tu cuerpo, se reduce a esa imagen, grotesca y fascinante. Descubro una tremenda envidia por tu cabeza, acompañada ahora por un cuchillo, aparece en un hermoso sueño.
Sin embargo, en este momento no me siento en absoluto cómodo dentro de mí. Te veo tan tieso y rígido, y pienso que algo no calza en tu cuerpo, algo que debo remediar. Pero si no me siento cómodo en mí mismo, ¿cómo voy a poder entrar entonces en tu cabeza?
Cuando niño tenía una tía tan dura que siempre me pareció una muralla. Todas mis ideas giran en torno a lo “duro” o “blando”. La posibilidad de encontrar algo oculto al internarme en tu cabeza también me inquieta. Desaparecer engullido. Ante todo, desaparecer.
Tú dices “Siempre te he amado…” Yo en cambio, repito: cabeza, libros y todas esas cosas de escaso sentido. Si tú mismo te la abrieras, entonces no tendría necesidad de taladrarla. Eso sería algo totalmente distinto. Una entrega, una libertad que nacería de ti.