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La curiosa pasión de Francois Bertrand

Posted on 02 Diciembre 2006 by oscar orellana

Yo, Leo Taxil

 

Para ir a cenar lo mejor
es Montparnasse
1849, calle Froidevaux:
la carne es suave,
y el precio un ofertón.

 

El sargento François Bertrand tenía una pasión extraña: prefería a las mujeres muertas que a las vivas. Durante la noche, se encaminaba hacia los cementerios. Levantaba pesadas losas, abría ataúdes de jóvenes recién enterradas para luego hundirse en secretos placeres. Será justo ahí, donde más tarde, caerá en una trampa que le tiende la policía, herido de un disparo mientras- como era su costumbre- trepaba el muro de la rue Froidevaux. Aquella vez, sin embargo, logró escapar. En su próxima incursión, su suerte, ya no será la misma.En junio de 1849, se presenta ante el consejo de guerra y es condenado a un año de prisión. Poco tiempo después de salir en libertad, se suicida. En un pequeño cuaderno que se encontró mientras se investigaban los sucesos que rodearon su muerte, aparece el registro detallado sobre el tipo de relación que mantenía con cada una de sus amantes. De se lectura, uno podría pensar:I. Que no se trataba de un amante en nada delicado y atento.II. Que al contario. Sí, se trataba de un amante delicado y atento- en profundidad y grado máximo- esto explicaría la razón que lo llevaba, por ejemplo, a desmembrar el cuerpo de una joven muchacha para luego dispersar sus pedazos por todo el cementerio.El necrófilo fue un personaje de moda durante el siglo XIX. En numerosas casas de citas, se podía encontrar una habitación que tenía características muy particulares. Todas las paredes estaban pintadas de negro, y sobre la cama, entre extrañas figuras, incienso y cirios, aparecía la silueta de una joven, vestida completamente de blanco. A quien habían empolvado y así hacerla parecer todavía más pálida. Sus ojos muy cerrados, sin respiración aparente. Pero esa alma no reposaba, más bien se diría que esperaba. Siendo no pocos, quienes previo pago, concertaban con exagerado entusiasmo la inmóvil cita.


Alicia en el País de las Parafilias: A través del Espejo

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Gabrielle Wittkop: Libertina

Posted on 06 Enero 2005 by oscar orellana

gabrielle_wittkop.jpgMe suicidaré a los 82 años. Antes claro, de haber nacido en Nantes y vivir gran parte de mi vida en Frankfurt. Nunca iré al colegio, estudiaré en casa. Entre otra cosas seré viuda, tras estar casada durante 40 años. No tendré hijos (odiaré siempre a los niños). No perteneceré ni a la derecha ni a la izquierda, la política me fastidiará siempre. Detestaré a las feministas. Continuaré siendo atea y escribiré a lo menos unos 14 libros.

Hace algún tiempo ya, planifiqué el suicidio de mi marido. Como sabía acerca de su determinación y dado su consentimiento, preparamos juntos la copa de veneno y fui yo quien puso la botella de champagne en la heladera antes de tomarme el día y salir de paseo para que él, cuidando – como habíamos previsto- no dejar un cuadro demasiado tétrico, pusiera fin a sus días.

Si su intención es explicar el origen de lo que algunos definen en mi escritura como morbidez esteticista es necerario se remonten a mi infancia. Siendo aún una niña, el librepensador que era mi padre decidió privarme de la escolaridad. Un día, me llevó frente a su inmensa biblioteca y me dijo: “Aquí no hay nada prohibido. Fórmate”.

Empecé a leer 4 horas diarias y me vi obligada a pensar por mí misma. Jamás estuve programada para formar parte de lo que llaman masas. Mi madre era una escritora rusa que falleció tempranamente. Fue así como crecí: ignorada por todo el mundo mientras era críada por una negra de Martinica, sólo el divino Marqués de Sade, Voltaire, La Mettrie, Holbach y Condillac me salvaron de la soledad más absoluta y el completo autismo.

Durante la Segunda Guerra, conocí a Justus Franz Wittkop, un desertor alemán 22 años mayor. Vivimos juntos a lo largo de cuatro décadas. Nos amamos como dos amigos. Nuestra unión no fue convencional, se tratata de una alianza intelectual. Nos contábamos todas nuestras aventuras.
Cuando me aburría de la sociedad de Bad Hombourg, viajaba sola por Tailandia, Sumatra, Brasil o la India, dedicandome a escribir reportajes para el Frankfurter Allgemeine Zeitung. Durante una estancia en Bombay, caí en otro idilio de este tipo, con un hombre llamado Christopher, también homosexual, como lo era mi esposo. Cristopher moriría más tarde apuñalado en un prostíbulo de la capital India. Ha sido en él en quien me he basado para crear a Lucién de El Necrófilo. Luego, en La Muerte de C. “mi libro más hermoso”, desarrollo diversas hipótesis para esclarecer su homicidio.

Llevar hasta el fin los valores libertinos, que excluyen por cierto cualquier autoridad moral o religiosa. En eso pienso tras colgar el teléfono. Simplemente le he anunciado a mi editora: “Voy a morir como viví: Como un hombre libre”

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